Leyendas de los Kakuy, significado, cantos y más

Cuando la luna aparece sobre Santiago del Estero, en la profundidad del bosque, la quietud nocturna se ve interrumpida por un melancólico canto. Es Kakuy que con su lamento agorero pide, arrepentida, perdón a su hermano. No se pierda esta hermosa leyenda!!

KAKUY

Kakuy

El Kakuy, nombre científico Nyctibius griseus, es un ave insectívora de hábitos nocturnos, sedentaria, cuyo hábitat son las sabanas y bosques abiertos. No construye nido sino que pone su único huevo en el tocón de un árbol o en la depresión de una rama. Su huevo es blanco ligeramente lila y manchado. Pertenece al orden de los Caprimulgiformes igual que los chotacabras y los atajacaminos sin presentar las cerdas alrededor del pico (vibrisas) que son característicos en ellos.

Miden alrededor de los treinta y ocho centímetros con un plumaje grisáceo ligeramente pardo con rayas negras. Tiene grandes ojos color naranja o amarillo. Durante el día se protege mimetizándose sobre en árbol generalmente seco. Caza en las noches colocándose en lugar elevado. Su distribución geográfica es desde Nicaragua en Centroamérica hasta el norte de Argentina en Sudamérica.

El Kakuy recibe numerosos nombres entre los más comunes esta nictibio en Ecuador, en Perú se conoce como ayaymama nombre onomatopéyico que se relaciona con la expresión ¡Ay, ay, mamá! En México se le dice Serenera porque dicen que surge del sereno, guajojó le dicen en Bolivia, en Argentina y el sur de Bolivia se le dice Kakuy que en el idioma quechua significa permanecer, en Argentina también se conoce como vieja del monte. En Paraguay se le conoce como urutaú cuya etimología en guaraní proviene de guyra (pájaro) y tau (espíritu) es decir pájaro fantasma.

Leyenda de Kakuy

Hace muchos años, en lo que con el tiempo sería Santiago del Estero, vivían dos hermanos, Sonko y Huasca. Vivían solos en un rancho que les dejaron sus padres cuando murieron siendo ellos muy jóvenes. Sonko es un joven fuerte y trabajador y de noble corazón. Trabaja como leñador talando árboles y además sembraba un huerto y de ser necesario cazaba fauna silvestre.

Él siente un gran amor por su hermana mayor, Huasca, a quien venera como si fuera su madre fallecida. A Sonko no le importa pasar cualquier trabajo o sufrir cualquier privación con tal de satisfacer los deseos de su adorada hermana.

KAKUY

Huasca es todo lo contrario a su hermano Sonko, de carácter huraño, frío, amargado, cayendo a veces en la crueldad. Esta acritud de carácter la volcaba especialmente sobre su hermano haciéndolo sufrir frecuentemente de desprecios y malos tratos.

Mientras trabajaba todos los pensamientos de Sonko estaban en su hermana. Cuando al atardecer regresaba a su casa recogía los frutos que la naturaleza ofrecía con generosidad. Él escogía los mejores y más apetitosos y los metía en su canasto reservándolos para su hermana sin dejar de imaginar lo contenta que se pondría ella a saborear tan sabrosas frutas. Sonko tenía la esperanza que con sus regalos y su cariño lograría a la larga que Huasca cambiaría su actitud con él y se ganaría su amor.

Sonko llegó a la choza y mientras colocaba en el piso su canasto y sus implementos de trabajo llamó con dulzura a su hermana. Huasca se asomó por la puerta y con hosca mirada y voz agresiva le preguntó qué quería. Sonko extrajo del canasto los frutos más hermosos y se los ofreció con cariño. Por unos segundos se le suavizó la mirada de la joven pero, después de tomar lo que se ofrecía y sin ninguna palabra de agradecimiento volvió al interior del rancho.

Sonko quedó desencantado una vez más por el desprecio de su hermana. Mientras se aseaba reflexionaba y trataba de encontrar explicación del por qué su hermana se portaba de esa manera. Daba vueltas en su cabeza buscando la fórmula de contentar a su hermana y que por fin le demostrara aunque fuera un poco de cariño.

Hambriento y agotado por la dura jornada de trabajo se sentó a la mesa sintiendo el delicioso aroma de la comida que se calentaba sobre el fuego. Esperó por su hermana para cenar en su compañía pero ella seguía en sus labores, indiferente a su presencia. Después de esperar un rato decidió cenar solo, tomó un plato y se acercó al fuego para tomar un poco de los alimentos. Cuando Huasca notó sus intenciones lo detuvo con ásperas palabras diciéndole que esa era su comida y si él quería comer debería preparar sus propios alimentos.

Sonko le argumentó que estaba hambriento y demasiado cansado para cocinar pero ella siguió negándose a compartir la comida. Apesadumbrado, Sonko le dijo que al menos le diera algo de la fruta que el trajo, pero ella también se negó y le dijo que esa fruta era de ella. Cabizbajo y triste, Sonko, salió de la casa y comenzó a vagar por el bosque buscando frutos silvestres que le pudieran servir de alimento.

Mientras buscaba frutas se preguntaba como el desprecio de su hermana llegaba hasta el extremo de negarle el alimento. También se preguntaba qué podía hacer, que ya no hubiera hecho, para ganarse el cariño de Huasca. Con estas inquietudes y otras iguales, después de comer algo, volvió a la choza y se acostó. La preocupación no le permitía conciliar el sueño, pero al final el agotamiento lo dominó y se quedó dormido.

Soñó que al volver del trabajo Huasca lo esperaba con un gran cántaro rebosante de agua endulzada con miel y una hermosa sonrisa en los labios, apenas entró a la choza ella lo abrazó y lo besó con cariño y la mesa estaba repleta de mazamorra y patay, también chirimoyas y algarrobas y otras delicias, así ambos comieron entre risas y caricias.

La mañana siguiente, muy temprano como siempre, se levantó y salió a la faena diaria. Estaba de mejor ánimo porque tenía la esperanza de que su sueño pudiera hacerse realidad. Solo tenía que buscar algo que complaciera a Huasca, porque en el fondo de su noble corazón sentía que si no había ganado el amor de su hermana era porque no se había esforzado lo suficiente.

Mientras caminaba pensaba en cuál podría ser ese obsequio que conquistara a su hermana. Tomaba y desechaba ideas una tras otra ninguna le parecía lo suficientemente valiosa para su hermana. Estando en esta cavilaciones alzó la vista y vio, en la copa más alta de un enorme árbol, un hermoso fruto de un color tan especial que resaltaba de todos los demás. Enseguida los supo: ¡con ese fruto extraordinario conquistaría el amor de Huasca!

KAKUY

El fruto estaba demasiado alto y el follaje del árbol era demasiado tupido pero, Sonko no lo pensó ni un segundo, enseguida comenzó el difícil ascenso. El ascenso resultaba más penoso de lo que pensó, a pesar de haber trepado árboles desde que era niño, las ramas eran ásperas y las espinas puntiagudas además de muchos insectos que atormentaban con su ponzoña. Pero él seguía subiendo mirando con emoción como su objetivo estaba cada vez más cerca.

De pronto, cuando el preciado fruto estaba ya casi al alcance de su mano, sintió un terrible dolor que le hizo lanzar un alarido. Una enorme y aguda espina se había encajado profundamente en su brazo. En vano trató de sacar la espina pero no pudo, colgando de las ramas y sujetándose con un solo brazo era imposible hacerlo, tampoco podrías ascender más para alcanzar el fruto, decidió bajar del árbol. El descenso fue más penoso que el ascenso pues solo contaba con una mano y por el agudo dolor que lo martirizaba.

Al llegar a tierra pudo observar que la piel se le oscurecía rápidamente donde estaba la espina. Con mucho dolor pudo extraerla y la sangre comenzó a brotar copiosamente. Detuvo la hemorragia como pudo y comenzó a caminar de regreso a casa. El fuerte dolor y la pérdida de sangre le nublaban la vista y hacia difícil el caminar. La cabeza le dolía, sentía la garganta seca y apenas si podía tener los ojos abiertos, sentía que se desmayaba. Debía llegar a casa, Huasca sabia curar ese tipo de heridas con hierbas silvestres.

Al llegar encontró a Huasca en la entrada de la choza trabajando con el telar. Sonko le explicó en pocas palabras todo lo que había pasado y le pidió que lo curara. Huasca corrió hacia él y tiernamente lo tomó del brazo y lo ayudó a sentarse, con dulce voz le dijo que no se preocupara, que ella lo curaría, que la esperase mientras entraba a buscar lo necesario.

Sonko no podía creer lo que estaba pasando. Casi se olvidaba del dolor en el brazo por la alegría de ver a su hermana con tanta dedicación hacia él. Mientras esperaba con los ojos cerrados pensaba que su sueño comenzaba a cumplirse y le parecía irónico que por una espina esto ocurría. Ya no habría más tristezas, todo sería felicidad el trabajaría, como siempre, pensando en su hermana pero con la alegría de que ella lo esperaría con una sonrisa en su bello rostro.

KAKUY

Cuando sintió que su hermana salía de la choza abrió los ojos y la vio acercarse con la ternura pintada en el rostro y en las manos dos vasijas, una con agua y otra con miel. Sonko se sintió dichoso.

Cuando estuvo cerca de él cambió la expresión de su cara por el huraño de costumbre y, mientras volcaba el contenido de las vasijas al suela, le decía con hiriente maldad que si quería agua que la buscara en el pozo como lo hacia ella y que ella no estaba allí para servirle de curandera.

Sonko se levantó de donde estaba sentado sin decir nada, la amargura que sentía no se podía expresar con palabras. Mientras con paso lento y pesado caminaba hacia el pozo por agua, algo brotaba de su alma, algo oscuro y pesado, algo más doloroso que la aguda espina. Por primera vez en su vida, el noble corazón de Sonko conocía lo que era el odio.

Al llegar al pozo a duras penas pudo tomar unos sorbos de agua, luego se recostó contra el tronco de un árbol y sintió desvanecerse. Cuando recobró la conciencia ya estaba oscureciendo. El brazo seguía doliendo y gran parte de él tenía un color morado. Poco a poco se encaminó en búsqueda de la curandera del lugar.

Con los cuidados y las medicinas que le suministró la curandera en pocos días la herida del brazo estaba casi totalmente sanada, pero la otra herida, la del alma no había emplasto ni hierbas que la curara. Con paso decidido y la mirada torva se dirigió en búsqueda de su hermana.

Al encontrar a Huasca cerca del pozo su rostro cambió y se tornó tal dulce y alegre como era siempre. Al aprender a odiar también aprendió a fingir.

KAKUY

Contó a su hermana que había descubierto un enorme panal, tan cargado que rezumaba la miel por los costados. Le dijo que el panal era tan grande y tanta la miel que necesitaría la ayuda de ella para poder bajarlo y transportarlo. También le advirtió que debería llevar un poncho para protegerse de las agresivas abejas. Huasca acepto la proposición de su hermano encantada, pensando que una vez que la miel estuviera en la casa sería toda totalmente solo de ella.

Llevando todo lo necesario se adentraron a lo más profundo del bosque. Al llegar a un claro Sonko dijo que ya habían llegado. Le señaló a su hermana un árbol que se elevaba casa vertical hasta muy alto diciéndole que arriba se encontraba la colmena. Le indicó que se cubriera la cara con el poncho para evitar las picaduras de las abejas y que la dirigiría en el ascenso.

Con mucho esfuerzo llegaron a la copa del árbol. Sonko ayudó a Huasca a sentarse en la rama más alta y le indicó que esperara mientras él agarraba la colmena y luego le indicaría lo que debía hacer. Huasca asintió, entonces Sonko sacó su hacha comenzó a descender del árbol cortando a su paso todas las ramas con que se encontraba. Al llegar abajo el árbol quedó completamente liso y su hermana no tenía forma de bajar.

Después de asegurarse de que ya no había ramas que cortar, Sonko recogió sus cosas y emprendió el camino de vuelta a casa sin volver la vista en ningún momento. En la copa del árbol, mientras tanto, Huasca esperaba pacientemente las instrucciones de Sonko. Al pasar un tiempo habló su hermano preguntándole el porqué de la demora, al no obtener respuesta se quitó el poncho de la cara. Vio que Sonko no estaba y que el árbol no tenía ramas. Llamó a su hermano ya un poco asustada y con algo de impaciencia.

Siguió esperando la vuelta de Sonko y al comenzar a oscurecer la impaciencia se le convirtió en temor y comenzó a llamar a su hermano a gritos:

  • ¡Turay! ¡Turay! ¡Kakuy Turay! Kakuy Turay!

Ya completamente entrada la noche la joven estaba aterrorizada y siguió con sus lastimeros gritos:

  • ¡Turay! ¡Turay! ¡Kakuy Turay! Kakuy Turay!

Luego sintió que la piel de sus muslos se endurecía, que sus pies se convertían en garras y que en todo su cuerpo brotaban plumas. En poco tiempo quedó completamente convertida en ave y sigue repitiendo su lastimero llamado, solicitando perdón y mostrando arrepentimiento:

  • ¡Turay! ¡Turay! ¡Kakuy Turay! Kakuy Turay!

Otras leyendas

El Kakuy habita en buena parte del territorio americano, pudiéndose encontrar desde Nicaragua en la América Central hasta el norte de Argentina en Sudamérica. Por ser un ave nocturna, tener un comportamiento tan inusual y sobre todo por su melancólico cantar ha sido inspiración para muchas leyendas

Urutaú

El dios Sol se sintió atraído por una bella doncella llamada Urutaú, para conquistarla bajó de los cielos y se transformó en un apuesto joven. Después de seducirla la abandona dejándola terriblemente enamorada. El dios Sol toma su forma original y se instala en el firmamento y sigue su continuo viaje diario.

Urutaú inconsolable sube a la copa de un árbol seco y allí se queda contemplando a su amado durante todo el día. Al caer la noche, cuando el dios sol se esconde lanza gritos desesperados llamándolo hasta que él reaparece a la mañana siguiente y ella se calma y sigue en su contemplación.

Una leyenda guaraní cuenta que un poderoso mburuvichá guasú, gran jefe, de una antigua ciudad, estaba preocupado porque su hija, una hermosa kuñatãí (Joven mujer) rechazaba a todos los pretendientes que se le acercaban proponiéndole matrimonio. El jefe organizaba grandes fiestas donde invitaba a los mejores prospectos de la región, pero uno a uno era rechazado por su bella hija.

El mburuvichá guasú llamó al avá pajé (hechicero) para que buscara una solución. El hechicero convocó una reunión con todos los notables de la ciudad a fin de que discutiera el problema. Después de muchas reflexiones decidieron que solo con la mediación de Tupã (dios guaraní) la kuñatãí se enamoraría.

Un día llego a la ciudad un extranjero, tenía los cabellos dorados y los ojos de un azul tan profundo que causaba admiración. El forastero habló con la hija del jefe y esta quedó de inmediato prendada por sus palabras de amor. La kuñatãí corrió enseguida hasta su padre y le contó sobre el apuesto galán y le comunicó su intención de casarse con él.

El mburuvichá guasú se puso inmensamente feliz, pero, aún así, ordenó al avá pajé que convocara otra reunión de notables para estudiar seriamente el asunto. Otra vez las reflexiones se prolongaron por mucho tiempo y al final concluyeron que el forastero era la respuesta de Tupã a sus ruegos y determinaron que era conveniente el matrimonio entre ambos jóvenes.

Con gran alegría el padre de la kuñatãí organizó una gran fiesta de casamiento. Contrató a los mejores músicos de toda la región, trajo las mejores bailarines y danzantes de la ciudad. En la fiesta hubo abundancia de comida y mucha chicha, fueron invitados todos los habitantes de la ciudad que comentaban que era la mejor fiesta que pudieran recordar. La celebración se prolongó por mucho tiempo.

Dentro de su nuevo hogar la kuñatãí se sentía dichosa. Todo era felicidad con su nuevo esposo, los días transcurrían con gran armonía. Para colmo de felicidad la kuñatãí comenzó a sentir en su vientre crecer una nueva vida, fruto del amor con su esposo.

La kuñatãí notó que su esposo salía a trabajar muy temprano en la mañana y volvía ya en la tardes cuando comenzaba a oscurecer y esto se repitió todos los días sin excepción. Intrigada la joven interrogó as esposo sobre su extraño comportamiento. El flamante esposo pensó que no era conveniente tener secretos con su esposa y después de hacerle prometer que no se lo diría a nadie o lo perdería para siempre, le contó que él es kuarahy, el sol, patrón de los cielos.

Ahora si la kuñatãí se sentía la mujer más dichosa del mundo, además de tener tanta armonía y alegría en su hogar, su esposo y padre de su futuro hijo era nada menos que tan importante personaje, señor de los cielos kuarahy. Su madre llegó a la visita que diariamente dispensaba a su hija.

Al ver a su hija aún más alegre que de costumbre y que no dejaba de mirar hacia el cielo le preguntó el porqué de tanta felicidad, al principio la joven no dijo nada, pero ante la insistencia de la madre y además por el orgullo que sentía y debía compartir con alguien le contó a su madre sobre la identidad de su esposo.

Poco después de haberle contado su secreto a su madre la joven se sintió inquieta al recordar la advertencia que le había hecho su esposo de que si revelaba a alguien su identidad lo perdería para siempre. Su inquietud se convirtió en temor al comenzar a oscurecer y no llegar su esposo, ya era noche cerrada cuando comenzó a llorar amargamente comprendiendo que la advertencia de su esposo se había cumplido, ya lo había perdido irremediablemente.

Presa del dolor y el arrepentimiento la kuñatãí se internó en lo más profundo del bosque alejándose de todos por no querer que nadie intenta consolarla. Vagando en la tupida selva solo pensaba en los escasos días de felicidad que tuvo con su esposo y por su imprudencia habían quedado atrás para siempre. Así deambuló hasta que un día dio a luz un niño tan hermoso como su padre al que llamó Jasy-Jatere (fragmento de luna).

Quiso comunicarle a su esposo que era padre de tan bella criatura, entonces corrió hasta un claro del bosque y trató de llamar la atención de kuarahy agitando los brazos, tanto los agitó y por tanto tiempo que se convirtieron en alas. Esperanzada alzó el vuelo tratando de llegar a donde estaba su esposo pero solo pudo llegar a la copa de un árbol.

Posada en la copa del árbol pasó todo el día mirando a su amado y esperando su perdón, cuando oscurece y el sol se oculta lo llama y le pide perdón con una triste canción que repite toda la noche incansable. Cuando su adorado vuelve calla y espera pacientemente su perdón.

Guajojó

En Bolivia se cuenta que la bella joven Guajojó tenía amores con un apuesto joven del lugar, el celoso padre de la muchacha, que era un brujo, mató al amado de su hija. Cuando Guajojó se enteró del crimen de su padre lo amenazó con contárselo a todo el pueblo, para evitar que su hija lo pusiera en evidencia el brujo la convirtió en ave. Desde ese momento Guajojó sube a un árbol y allí solloza por su amado. Su canto es de mal augurio e indica la hora de la muerte a quien lo escuche.

Ayaymama

Un pueblo indígena estaba siendo diezmado por una terrible epidemia. Una madre comenzó a sentir que había adquirido la terrible enfermedad y temió por sus dos pequeños hijos. Llevó a sus niños a un bosque lejano y allí encontró un lugar donde había una quebrada de aguas cristalinas con muchos peces, en el lugar también había muchos árboles frutales de todo tipo. Consideró que allí sus hijos estarían seguros. Después con muchas lágrimas, que trató de ocultar a sus hijos, se despidió de ellos y se fue dejándolos ahí sabiendo que nunca más los vería.

Los niños, ignorantes de su situación, se sentían felices en tan bello lugar. Jugaron, se bañaron y comieron muchas frutas. Cuando comenzó a oscurecer extrañaron a su mamá. Buscando a su madre se internaron en el bosque y después de mucho caminar se dieron cuenta de que estaban perdidos. Se abrazaron asustados y llorando comentaban entre ellos que desearían poder volar para salir del bosque y encontrar a su pueblo. La madre naturaleza se apiadó de ellos y escuchando sus ruegos los convirtió en pequeñas aves.

Los niños, convertidos en aves, enseguida emprendieron el vuelo hasta llegar a su aldea. Recorrieron todos los lugares y se dieron cuenta que ya todos habían muerto. Desde ese día los niños al oscurecer extrañan a su madre, se posan en lo más alto de un árbol y con lastimero canto llaman a su madre: ¡Ay, ay, mamá! ¡Ay, ay, mamá!

En Iquitos, Perú, existe otra versión de la leyenda: Dos niños, cuya madre había fallecido, vivían con su padre. El padre comenzó una relación con otra mujer. Esta mujer era de mal corazón y convenció al padre de los infantes que vivirían mejor sin los niños. Un día fingieron un paseo y llevaron a los niños muy profundamente dentro de la selva luego los abandonaron dejándolos solos en un paraje desconocido.

Al caer la noche los niños, muy asustados, comenzaron a llorar. La madre naturaleza se compadeció del sufrimiento de los pequeños y los convirtió en aves. Los niños volaron hasta la casa de su padre se posaron sobre un árbol y pronunciaron un triste canto: ¡Ay. Ay, mamá! Huischuhuarca, que en su lengua significa: mamá ha muerto y nos abandonaron.

Kakuy y Tokjuaj

Kakuy no siempre tuvo una boca tan grande. En sus inicios su boca era pequeña. Kakuy y Sichuz, la lechuza, siempre andaban juntos. Ambos duermen de día y por la noche salen a cazar. Sichuz come cualquier bicho que pueda atrapar pero lo que más le gusta son las ranas y a veces un conejo pequeño, en cambio la comida predilecta de Kakuy es el tuco-tuco, la luciérnaga. A los tuco-tucos les gusta mucho la canción de Kakuy. Cuando Kakuy canta los tuco-tucos se acercan para escucharlo mejor entonces Kakuy aprovecha y se los come.

A Tokjuaj le gustaban mucho los tuco-tucos, pero no para comerlos. Tokjuaj juntaba todos los tuco-tucos que pudiera reunir y con ellos se alumbraba en las noches más oscuras. Tokjuaj se dio cuenta que Kakuy se comía a los Tuco-tucos. Kakuy cantaba dejando la boca abierta. Cuando el tuco-tuco se acercaba Kakuy cerraba la boca y se lo comía. A Tokjuaj no le gustó esto.

Tokjuaj, usando sus poderes, tomó una piedra y dijo “que brille”, de inmediato la piedra comenzó a brillar, entonces Tokjuaj se la lanzó a Kakuy. Cuando Kakuy vio la piedra creyó que era un tuco-tuco y trató de comerlo rompiéndose la boca quedando abierta y grande como la tiene todavía hoy.

Cuimaé

El valiente cacique de un pueblo guaraní con mucho esfuerzo había conseguido el mejor lugar de la región para que habitara su gente. El cacique tenía una hija llamada Ñeambuí la cual lamentaba que las continuas guerras y combates por defender su territorio hubieran endurecido el carácter de su padre. El joven y aguerrido cacique de la aldea vecina, Cuimaé, desde hacía tiempo trataba de enamorar a la Ñeambuí llevando muchos obsequios que la joven acepta complacida pero después corría al bosque a jugar y hacer trenzas en su larga cabellera negra.

El padre de la joven pensó que era conveniente la unión de las dos tribus para así defender juntos el territorio, por eso ordenó a Ñeambuí que aceptara como esposo a Cuimaé. La chica aceptó encantada y así se lo comunicaron a Cuimaé quien enseguida comenzó con los preparativos para la boda. Por su parte Ñeambuí seguía con sus paseos por el bosque a pesar de las advertencias de su joven prometido.

Un día llegó la noticia de que una tribu enemiga intentaba invadir el territorio, el cacique junto a Cuimaé prepararon a sus guerreros para el combate y partieron a enfrentar al enemigo. Ñeambuí junto con las demás mujeres de la tribu quedaron cada una en su choza esperando el resultado del combate y el regreso de sus hombres.

Ñeambuí sola en su toldo se angustiaba pensando en el sufrimiento que causaba la guerra por la cantidad de muertos y heridos de ambos bandos sin entender porque los hombres no podían vivir en paz. Llegó la noche y todavía no se tenía noticias del resultado del combate.

De pronto Ñeambuí sintió un ruido fuera de la choza, al asomarse vio la silueta de un hombre recortada por la tenue luz de la luna. Cuando pensó gritar pidiendo ayuda vio que hombre se desplomó en el suelo. Al acercarse se dio cuenta que era un guerrero de la tribu enemiga por sus prendas.

Con gran esfuerzo ocultó al guerrero detrás de su choza y notó que tenía una herida en una pierna que trató de curar de la mejor manera que pudo. El joven guerrero recuperó la conciencia abriendo los ojos y Ñeambuí por primera vez notó lo apuesto que era. El herido la miró dulcemente e intentó una sonrisa pero enseguida se desvaneció de nuevo.

La muchacha volvió a su choza preocupada por la suerte que correría el herido si su padre lo encontraba al volver. El joven guerrero no podía valerse por sus medios para alejarse ni ella tenía las fuerzas suficientes para llevarlo a otra parte. El agotamiento físico y mental que sentía hizo que sin darse cuenta se quedara profundamente dormida. En su sueño se encontró con el joven herido que la miraba con dulzura, le sonreía y la tomaba entre sus brazos.

Su sueño fue interrumpido por los hombres que volvían del combate. La chica se sobresaltó pensando en el herido. Su padre y Cuimaé entraron a la choza y en pocas palabras le relataron algunos detalles de la lucha. Su padre le dijo que habían podido repeler al enemigo a costa de muchas vidas y que Cuimaé demostró ser un buen y aguerrido guerrero. También le dijo que pronto deberían volver a enfrentarse con el enemigo por lo que era conveniente que la boda se efectuará lo más pronto posible.

En eso se sintió una fuerte agitación afuera y algunos gritos. Salieron afuera y vieron que varios guerreros traían al herido a rastras. El cacique ordenó que encerraran al prisionero. Ñeambuí no pudo evitar un fuerte estremecimiento y sintió que casi se desvanecía, esto pasó desapercibido por todos menos por Cuimaé que la miró extrañado.

Los preparativos de la boda se aceleraron, todos se preparaban de manera febril. Solo Ñeambuí parecía indiferente ante tanta actividad. La chica continuaba con sus paseos al bosque pero sobretodo deambulaba cerca de la choza donde se encontraba el detenido. Cuando pasaba lo miraba como por casualidad y notaba que él la seguía con dulce mirada.

Nadie notaba el comportamiento de la joven, solo Cuimaé se percataba de ello sintiendo en su corazón un profundo dolor. Desde muy joven se sentía atraído por Ñeambuí y todos sus logros los había obtenido siempre con el objetivo final de conquistar el amor de la joven. Por eso pensar en perderla cuando ya la sentía tan cerca era para él inconcebible.

Víspera de la boda se efectuó un gran banquete prenupcial donde abundó la comida y la chicha. Después de la celebración todos se quedaron dormidos. Solo Ñeambuí parecía despierta, se acercó a la choza donde tenían al prisionero y al comprobar que el guardia también dormía, entró y desató al joven y juntos huyeron al bosque.

Se alejaron de la aldea lo más que pudieron dada la condición del joven guerrero y sintiéndose ya seguros se detuvieron en un claro y por fin se abrazaron. En su huida frenética no se dieron cuenta que Cuimaé los siguió. El joven cacique atormentado por los celos al ver como se abrazaban, tensó el arco con todas sus fuerzas y lanzó una afilada flecha que atravesó a su enemigo de parte a parte haciendo lo mismo con su amada.

Cuimaé al ver caer al amor de su vida comenzó a correr por el bosque dando alaridos de loco, los dioses fueron benevolentes con él y en su carrera se fue convirtiendo en ave. Desde esa noche se escucha en lo profundo de la selva el lamento de Urutaú llorando por su amada.

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